Mire a mi madre con cara atónita, luego mire a Diego, y seguidamente a mi madre, seguidamente pronuncio mi nombre:
- Silver, tómatelo bien, ya no vas a poder ir más a tenis, tenemos que ahorrar para poder hacer unos viajes que vuestro padre necesita.
- Pero…-me quede tartamudeando y me gire a Diego, lo que había dicho mi madre no tenia lógica, odiaba el tenis.
- No hay ni un pero que valga, Silver. Y tú Diego, marcharás a Estados Unidos la semana que viene, tienes que empezar a estudiar lo más básico de algunas cosas del cine que aquí no puedes aprender.
No me podía quedar sin mi hermano, él era quien me distraía de las cosas de la calle y de casa, él era como un mejor amigo desde que nos mudamos a Leeds. Diego estaba pálido, me dijo hace unos meses que no quería moverse de Leeds, por que había encontrado lo que él quería, y tenia a su novia. Una muchacha de pelo castaño claro de ojos color miel, delgadita, de estatura media y unos diecisiete años, nunca la había prestado atención, pero los días que hablaba con ella eran agradables, y muy cariñosos.
Me levante de la mesa sin decir nada y me fui hacia el lago donde había estado antes y me senté a la sombra de un árbol, encogí mis piernas y me puse a llorar. No me podían separar de mi hermano, era lo único valioso que tenia, excepto Violeta, que era un torbellino, ella me hacia reír por cada cosa que decía a sus cinco años, su sueño, ser como yo. Era su ejemplo a seguir. La niña de mis padres, la que ellos adoraban por su belleza e inteligencia, no se parecía en nada a nosotros, era una niña de pelo rubio, ojos grises y piel pálida, era como los habitantes de Leeds.
La mañana empezó a oscurecerse como casi todas, me fui corriendo a mi casa, no tenia ganas de seguir estando allí y que me pillara una tormenta de otoño. Tampoco tenia ganas de hablar con mi madre, ni con mis hermanos, ni de jugar a las muñecas con Violeta, tenia dieciséis años, pero eso no me impedía hacer cosas que hacían niñas de cinco a diez años, o eso creo.
Mi móvil empezó a vibrar a media tarde, era Adrián, el chico que con tan solo conocerme de una semana se encariño conmigo como un niño pequeño con un juguete nuevo. Adrián me atraía como si fuera para mí un hermano, aun que a veces me daban ganas de besar sus labios perfectos y acariciar su pelo castaño y dedicarle una sonrisa después de besarle, pero todo eso eran fantasías. No dude en coger el móvil.
- ¿Sí?
- Silver, soy Adri, oye, vente a dar una vuelta, al parecer Jessica y Samarcanda andan tramando algo contra una tal María, la tarde promete, por que después vamos a ir… -le corté, no tenia ganas de salir, así que me invente una excusa.
- Adri, tengo que quedarme en casa con mi hermana Violeta, por que mis padres se van, si eso otro día, o mañana me cuentas que pasó ¿vale?
Pero no salio como yo quería…
- Oye, pues si quieres voy yo a tu casa después de lo de Jessica y Samarcanda, pero esperame.
- Ok.
Al parecer le iba a tener por la tarde, no me hacia mucha ilusión, después de todo, sabia que me iba a hacer salir, como no, pero mientras tanto aprovecharía para dormir un rato, y así estar despejada unos momentos de la tarde y de la noche.
El sueño se pasó rápidamente, sonó el telefonillo, bajé corriendo y lo cogí:
- ¿Sí?...
- ¡Silver, abre corre, tengo noticias!
Era Adrián, parecía un poco grave y que me implicaba a mí en esos momentos. Estaba empezando a ponerme nerviosa. Abrí la puerta y me soltó de repente…
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Capítulo 1.
Suerte de que era lista y me llevaba una mochila pequeña con un libro o un cuaderno, y un estuche con lapiceros, para dibujar o leer. Y por lo menos no prestar atención a los chicos que merodeaban por allí cerca haciéndose los machotes. Pero a quien no me podía resistir a mirar era a Iván. Un chico de diecisiete años, pelo castaño, ojos azueles y piel morena, gracias al sol. Era cualquier chico que atraía a una chica con solo mirarla o hacerla reír, todas caíamos a sus pies como tontas, todas, excepto yo, que me hacia la dura, el por que de hacerme la dura, no me gustaba su personalidad.
Miré el reloj, estaba casi a punto de llegar Diego. Miré para la esquina, cual se veía la calle donde estaba llena de chales. Por allí debería de llegar, y llegaba, si mi vista no me fallaba.
Unos de los muchachos que estaban allí voceaban a mi hermano para que ganase la carrera que estaban haciendo, iba ganando, me levante, y empecé a vocear con los demás muchachos mientras sonreía por que iba a ganar mi hermano. Le faltaba poco, ya le vía más cerca. Sí, exactamente, ganó.
Se acercó a mí para abrazarme, pero le separé con mi brazo.
-Felicidades campeón –Le dije entre risas.
Me miro sonriendo y me revolvió el pelo, le miré con cara amenazante y se fue con sus amigos, tenia suerte de que fuera mi hermano. La persona a la que quería un poco, él era una de las personas que ahuyentaba a los tíos más babosos de la ciudad de Leends.
Le arrojé una toalla que tenía en su mochila, cogí mis cosas y empecé a andar camino al bar donde se encontraban nuestros padres.
Mire hacia unas mesas, había una mujer sentada de espaldas, de pelo rubio oscuro, parecía María, mi madre, a su lado, de perfil un chico de unos cuarenta años, de pelo negro y una sonrisa en la cara, era Tomás, mi padre. En mi cara se reflejó una sonrisa, me daba alegría ver a mis padres, Diego me agarró por la cintura por atrás y me subió para arriba, me asuste y grite demasiado, él se reía, pero yo no le veía la gracia por ningún lado.
Violeta vino corriendo hacia mí, con una sonrisa de oreja a oreja y me abrazo, la seguí el abrazo y fui a saludar a mis padres y me senté con ellos.
La gente me decía que era como una mezcla de los dos. Era una chica con el pelo negro, ojos azules, blanca de piel como mi padre y un cuerpo con curvas y un poco alta, no pasaba del metro sesenta y ocho, como mi madre.
Mientras les seguía sonriendo sobre los planes que íbamos a hacer este sábado y domingo, mi madre le dijo a mi hermana Violeta que se fuera, y que llamara a Diego. Cuando llegó, nos miro seriamente, creo que era una noticia mala, pero no sé, solo prestaba atención. Mi padre miró para abajo, y mi madre siguió hablando.
- Diego, Silver… al ser los dos mayores creo que deberíais saber esto…
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